Por Felipe Rivas San Martín
Hace un par de días viajaba en bus en el trayecto Santiago-Valparaíso camino a la conmemoración del incendio de Discotheque Divine, mientras leía entusiasmado Niña Errante y comentaba con Jorge Díaz -amigo poeta y activista queer-, sobre el lanzamiento del libro en el Centro Cultural del Palacio La Moneda y el enyegüecimiento de Pancho Casas yéndose a gritos de la sala en protesta por la falta de mención al lesbianismo de Mistral por parte de los presentadores del texto. “Bonito -pensé-, como de otra época”. En verdad una performance muy distinta de la que -según me contaba Jorge- hizo luego Pablo Simonetti, que pidió la palabra sólo para afirmar su “orgullo” de que la mejor escritora de Chile sea lesbiana. Según el sitio Opus Gay, “el tono conciliador” de Simonetti habría logrado sacar varios aplausos “cómplices” del público.
Pero aunque diferentes en su forma, las intervenciones de Casas y Simonetti tenían algo en común: la necesidad de decir una palabra que inundaba como un murmullo la sala. Esa palabra, aunque ausente tanto en las presentaciones del lanzamiento (Falabella, Quezada, Zegers), como en el mismo epistolario o en el texto del prólogo a su edición, lograba aparentemente resumir el significado más trascendental de las cartas de Mistral a Doris Dana. Esa palabra es: lesbiana.
Lo tituló el The Clinic, lo dijo Patricia Verdugo poco tiempo antes de morir, lo afirman las organizaciones LGBT y de lesbianas, y otros personajes de la cultura local. Para algunos es un acto trasgresor (como para Casas), para otros es más bien reivindicativo (Simonetti). Sea cual sea el caso, decir hoy que Gabriela Mistral era lesbiana se ha transformado en un acto político de liberación propio del mundo progresista nacional.
Por su parte, quienes hasta ahora han hegemonizado el legado cultural de Mistral, se enfrentan ante estas cartas tratando de matizar sus posibles significados, argumentando tan sólo un “amor materno” entre Doris y Gabriela, reprochando la limitación de las lecturas de la obra de Mistral a su aspecto sexual, como un empobrecimiento interpretativo frente a su legado tan universal, o incluso -como en el caso de Luis Vargas Saavedra en Artes y Letras-, llegando a explicar la relación lésbica como el efecto de una experiencia de violación traumática de Gabriela siendo joven.
Es cierto que todo el debate y las declaraciones que la publicación de Niña Errante suscita, han puesto en marcha una serie de dispositivos de homofobia cultural, de censura, closet y de hegemonía en la construcción de los cánones literarios chilenos. Pero al mismo tiempo, quienes han celebrado el lesbianismo público de la escritora, han recurrido a un cuestionable aparato discursivo que corre el riesgo de reforzar en forma compleja, ciertos esquemas que son propios de la construcción heteronormativa del sistema sexo-género.
El tratamiento que dio al tema la periodista Patricia Verdugo cuando se hicieron públicas algunas grabaciones de audio de conversaciones entre Doris y Gabriela, es paradigmático. Meses antes de fallecer producto de un cáncer, afirmaba a propósito de estos materiales que “hoy, gracias a la ‘desclasificación’ de archivos, podemos finalmente tener las pruebas y dar pasos claves hacia la verdad“. La frase, que podría haber sido tomada de un párrafo de su libro “Las Pruebas a la Vista”, sobre la participación de Pinochet en el caso Caravana de la Muerte, se refería en cambio a la verdad sobre la sexualidad de Mistral, que las grabaciones vendrían a demostrar. Ya Foucault nos había advertido acerca de estos peligros. Las categorías sexuales (homosexual, heterosexual, lesbiana) son categorías construidas en la modernidad que sirven a los objetivos de control de los sujetos por parte del poder. Ese proceso se conformaría a través del espejismo de una verdad sexual que se encontraría en el interior de nosotros, verdad que debe ser descubierta a través de mecanismos de confesión y auto-afirmación. No cabe ninguna duda, ya descubrimos su secreto, las pruebas están a la vista, por fin sabemos la verdad, ya no lo podrán negar, nuestras sospechas eran ciertas. Pura policía del sexo.
Gabriela Mistral tenía una relación de amor con Doris Dana. Las frases contenidas en las cartas o en registros de audio son elocuentes en demostraciones de amor y pasión. Para algunos, como la actriz Claudia Celedón que interpreta a Mistral en el proyecto de film de Yura Labarca, la existencia de estos registros y grabaciones de conversaciones privadas o cartas entre Doris y Gabriela, son la prueba de que Mistral “quería que todo Chile supiera que ella era lesbiana”. Pero curiosamente y al mismo tiempo, la misma Mistral denunciaba y reclamaba contra “ese tonto lesbianismo que me han colgado en Chile”. ¿Qué se puede responder? Hoy, cuando sabemos que las categorías de identidad sexual nunca logran dar cuenta de las complejas formas de vida y las prácticas sexuales y afectivas de los sujetos, podemos entender esa aparente contradicción, e inclusive, llegar a apoyarla críticamente.